Nosotras y nuestros sesgos inconscientes



Por Sole Ytuarte


Crecí en una familia de mujeres fuertes e independientes. Mi abuela paterna, mamá de dos hijos y una hija, docente, directora de escuela, fundadora de un colegio secundario en Caseros. Una mujer, que luego de jubilada, siguió donando su tiempo como voluntaria en el Hospital de Clínicas. Era incansable, y con ese ánimo era anfitriona como pocas, tanto en Florida como en San Luis durante los veranos. Mi abuela materna, ama de casa, de carácter fuerte, con una autoestima envidiable. Quienes la conocieron me darían la razón. Ya viuda, se dedicó a cuidarnos cuando mamá y papá trabajaban. Nos llevaba al colegio, nos iba a buscar, nos cocinaba y cada tanto viajaba con amigas y primas a Mar del Plata. Le encantaba el mar. Casi hasta sus últimos días, vivió sola en su departamento de Colegiales, y cada vez que la iba a visitar, me cebaba unos mates y me contaba sobre algún nuevo proyecto como pintar el departamento o cambiar el piso de su habitación.


A veces mamá me dice que hubiera querido estar más en casa y disfrutarnos de chicas. Es que trabajaba todo el día, a la par de papá. De Florida a Canal 13 y del canal a Florida durante 25 años y después a su otro trabajo en Callao y Santa Fe. La admiraba, quería ser como ella. Coqueta, con sus uñas coloradas, su pelo corto, todos los días estrenaba algún vestido. Como un ritual, los sábados íbamos a una tienda de Florida, donde Eva, la modista, le hacía la ropa a medida.


Mis madres, como me gusta llamarlas, fueron ejemplos y a través de ellos construí mi sistema de creencias sobre qué es ser una mujer en este mundo en el que nos toca vivir. Por supuesto que la vida luego hizo lo suyo.


La independencia intelectual y económica, se aprenden, como también se aprende la autoestima, y la forma en que nos percibimos a nosotras mismas y a nuestras capacidades.


Nuestro lugar en el mundo, nuestra interpretación de quiénes fuimos y quiénes estamos siendo, y de lo que somos capaces, es una construcción que empieza desde niñas, con ejemplos claros, con mensajes inconscientes, con frases dichas que nos atraviesan para siempre.


Nuestro sistema de creencias puede limitarnos o liberarnos. Ahora, las creencias limitantes, las expectativas culturales y familiares, los prejuicios, los sesgos inconscientes de género son los que constituyen nuestro mayor obstáculo. Es allí donde tenemos que empezar a trabajar, a indagar, a deconstruir, para construirnos en quienes queremos ser.


Algunas cifras avalan esta idea. Por ejemplo, a partir de los 12 años, las niñas empiezan a levantar menos la mano en clase; con lo que se restan posibilidades de expresar sus ideas. La elección de las opciones educativas también está condicionada por los prejuicios. Sólo un 15% de las graduadas en carreras relacionadas con la ciencia, tecnología y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) son mujeres. Y en los últimos tres años, sólo el 23,5% de las empresas lideradas por mujeres se financió a través de un banco (público o privado) en la Argentina, frente al 48,7% de los casos de empresas lideradas por hombres.


Según Naciones Unidas, casi 1 de cada 4 niñas de entre 15 y 19 años no está empleada ni estudia o recibe capacitación, en comparación con 1 de cada 10 niños de la misma edad. Y al menos el 60% de los países sigue discriminando los derechos de las hijas a heredar tierras y bienes en la legislación o en la práctica.


Para el 2021, alrededor de 435 millones de mujeres y niñas vivirán con menos de $1,90 al día, lo que incluye a 47 millones empujadas a la pobreza como resultado del COVID-19.

Los datos emergentes muestran que desde el brote de COVID-19, la violencia contra las mujeres y las niñas, y en particular la violencia doméstica, se intensificó.


En fin, la necesidad de achicar la brecha abarca muchos ámbitos y aspectos de la vida cotidiana.


Te conté sobre mis madres fuertes, y, sin embargo, yo también tuve sesgos inconscientes de género que marcaron mi rumbo. Yo también sufrí la desigualdad salarial, y mi propia imposibilidad a la hora de pedir, por ejemplo, un aumento de sueldo.


Por supuesto que el contexto todavía nos condiciona, y también las personas, la cultura de algunas organizaciones, hasta nuestra familia. Pero estas limitaciones existen, sobre todo, en nosotras mismas.


Por eso me apasiona trabajar con las mujeres para promover en ellas espacios de autoconocimiento que resultarán en su desarrollo personal y profesional. La autonomía económica, la confianza, la dignidad, finalmente, pueden consolidarse si rompemos estas barreras impuestas y autoimpuestas, que durante mucho tiempo creímos como verdades, y hoy sabemos que no son más que fantasías que podemos desintegrar.


Si logramos empezar por nosotras, el camino estará un poco más allanado.

Invertir en el empoderamiento económico de las mujeres tiene un enorme impacto en la sociedad y en otras mujeres. Además, contribuye directamente a la reducción de las desigualdades, la erradicación de la pobreza y el crecimiento económico inclusivo. 
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